Desde que emigramos, a mi marido le ha costado adaptarse. Durante años intentó sostener sus negocios en Venezuela, pero llegó un punto en el que ya no fue posible y tuvo que empezar a buscar trabajo aquí.
Ya lo han despedido dos veces. Y el otro día, mientras tomábamos un té, me dijo que quizá también lo echarían del trabajo actual.
En ese momento, sentí miedo, rabia… y una profunda sensación de injusticia.
Pensé: ¿hasta cuándo vamos a tener que pasar por esto? ¿Cuándo nos va a dar la vida la estabilidad que tanto merecemos?
Me metí de lleno en esta historia:
la vida ha sido injusta con nosotros,
ya hemos sufrido suficiente,
Ya nos toca una tregua.
Al cuestionarlo, me di cuenta que la vida no está en pausa esperando a que todo se estabilice. La vida es cambio constante. Y si yo me empeño en que debería ser diferente, voy a vivir en lucha permanente.
Entendí que pedirle estabilidad a la vida no tiene mucho sentido. Porque la vida no es estable.
La verdadera estabilidad, no está en lo que pasa fuera… sino en aprender a sostenerme por dentro cuando todo cambia.
En poder respirar incluso cuando no sé qué va a pasar.
En no derrumbarme cada vez que la vida toma un giro inesperado.
He pasado tanto tiempo pidiéndole a la vida que me dé estabilidad… cuando en realidad, la vida me estaba ofreciendo la oportunidad de construirla dentro de mí:
Aprendiendo a acompañarme.
A dejar de luchar contra lo que es.
A encontrar paz.
Alana – Facilitadora del método The Work
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